sábado, enero 27, 2007

No hacer ruido. Personas en meditación profunda.


¿Nos tomás una fotooo?



Lanchero: Miren por ahí... la ballena jorobada.
Presentes: ¡Guau!
Lanchero: Es la madre y su cría.
Presentes: ¡Guau!
Lanchero: Aquí cada año las ballenas vienen a reproducirse.
Presentes: ¡Guau!
Lanchero: No podemos acercarnos porque pueden voltearnos.
Presentes: ¡Guau!
Lanchero: Miden de 6 a 10 metro de largo.
Presentes: ¡Guau!
Iván B.: Sí. Pero sólo podemos imaginárnoslas.
Previo al año nuevo en Puerto Vallarta, 29 de diciembre 2006.










Una posible izquierda en México

Óscar Torres

Una izquierda progresista y a la vanguardia, no sólo debe debatirse en un contexto heredado por el socialismo utópico, el anarquismo, el marxismo clásico y la corriente socialdemócrata, el propio comunismo y otras corrientes marxistas occidentales que repercutieron en su desarrollo de distintas formas, sino también se vuelve necesario “ubicarla tanto en su entramado ideológico y consistencia como en sus posibilidades como corriente frente al nuevo capitalismo que vivimos”[1]. Es decir que entender una izquierda en nuestras realidades como países latinoamericanos nos obliga a revisar las especificidades regionales y locales pero también las complejas relaciones en un mundo capitalista global y cada vez más interdependiente. Así lejos de realizar una lectura de la izquierda identificándola con corrientes socialistas, intentaré acercarme a una izquierda que se conciba como “conciencia social”[2] y un ideal por cambiar las condiciones existentes de la realidad para alcanzar el más alto bienestar de la sociedad.
De tal suerte que las reivindicaciones de la izquierda deben apelar tanto a cubrir las necesidades básicas de los individuos como lograr un bienestar general y una calidad de vida entre la población. Para ello necesitamos de una sociedad educada, informada y participativa con el entendimiento de sus propias demandas y posibles soluciones. Desde luego, la izquierda debe velar por un Estado social – a modo del Welfare State- y un Estado democrático de derecho cuyo origen se construya bajo una cultura de participación ciudadana por la defensa, el respeto y la promoción de los derechos humanos[3].
Dicho de otra forma, la izquierda actual que contemple el fenómeno del mundo globalizado se deberá construir bajo una amplia capacidad y creatividad para la implementación de políticas públicas con un enfoque de derechos humanos. Esto sólo podrá darse bajo diversas políticas económicas y sociales que busquen una distribución equitativa y justa de los bienes generados por una sociedad. En este sentido, la población de un país y la diversidad de sus culturas deberán recurrir a distintos debates y la respectiva aplicación en torno a una economía solidaria; un Estado justo y equitativo; la promoción y defensa de los derechos económicos, sociales y culturales; las globalizaciones –de las que habla Boaventura de Sousa Santos en el entendido del intercambio cultural y económico entre los países y la relación existente entre el mundo desarrollado y subdesarrollado[4]-; entre otros temas de carácter prioritario bajo el marco de una “integración política de una sociedad compuesta de inmensos espacios, y sobre todo en el horizonte de una red de comunicación de carácter mundial, la convivencia solidaria, por su propia idea, es algo que sólo puede tenerse en forma abstracta, conviene a saber, en forma de una justificada expectativa intersubjetivamente compartida”[5].
Sin dejar de debatir y tratar de comprender el papel que deberá jugar el Estado-nación, cuya característica en el marco de una globalización de-abajo-para-arriba[6] se acerca más hacia el cosmopolitismo –que encuentra sustento en la idea de una nación suficientemente segura de sí misma como para aceptar los nuevos límites a la soberanía[7]- y alejarse de los nacionalismos que, por experiencia histórica en países como el nuestro, sólo han llevado a enfrentamientos y fracturas para la convivencia social dado que se rigen bajo la pauta de una nación culturalmente unitaria y suprema sobre otras manifestaciones étnicas. Si bien es cierto que la identidad nacional es un elemento intrínseco para el desarrollo de cualquier grupo social, también es verdad la necesidad de respetar la pluralidad étnica o cultural al interior de los propios países, de tal modo que “una perspectiva cosmopolita es condición necesaria para una sociedad multicultural en un orden globalizador”[8]. Por encontrarse el multiculturalismo en el ámbito de los derechos humanos, y estos a su vez en la tensión registrada entre el Estado-nación y la globalización, se vuelve indispensable un enfoque global de dichos derechos –como más adelante se profundiza- frente a la tendencia gubernamental de asumirlos desde una dimensión nacional o específica culturalmente.
Al respecto, la izquierda en México y en el mundo deberá formular e implementar políticas progresistas y viables de derechos humanos –si es que deseamos referirnos a un Estado justo y equitativo- que cuenten con la legitimidad local y tengan toda la referencia global, tal como argumenta Santos (1997): “Para poder operar como forma de cosmopolitismo [...] el multiculturalismo, tal como yo lo entiendo, es precondición de una relación equilibrada y mutuamente potenciadora entre la competencia global y la legitimidad local, las cuales constituyen los dos atributos de una política contrahegemónica de derechos humanos en nuestro tiempo”. De esta manera, la izquierda deberá dejar a un lado la noción de los derechos humanos como una política de alcance global obtenida a costa de la legitimidad local. Hasta ahora sólo se ha hecho mención de los grupos étnicos por referirnos a un sector de la población; sin embargo, faltaría hablar de otros sectores como los ancianos, las mujeres, los niños y jóvenes, los homosexuales y las personas con capacidades distintas que se enfrentan a diversas condiciones de vulnerabilidad y discriminación.
La izquierda deberá tener presente la necesidad de involucrar al mayor número de los sectores sociales hacia un debate amplio y esclarecedor de los problemas que aquejan tanto a la sociedad en general como a los grupos minoritarios y/o vulnerables dentro la misma. Por citar un ejemplo, recientemente la Asamblea Legislativa del Distrito Federal aprobó la Ley de Sociedades de Convivencia, no obstante el reto será ampliar los horizontes de información y sensibilización hacia el resto de la sociedad con la finalidad de fomentar una cultura de sana convivencia, de respeto y tolerancia. Asimismo, si se traen a la palestra temas como el ahorro para el consumo del agua y la sustentabilidad de la vida humana, no sólo deberá ser abordado desde una cultura ahorradora del vital líquido sino a partir de un debate amplio e información accesible sobre sus repercusiones en la seguridad humana, la forma en cómo se relaciona con la dignidad del hombre, las especificaciones según las regiones sobre el mal uso del agua y sus posibles medidas reversibles, el papel del Estado en las políticas de medio ambiente entre otros aspectos de la problemática. De ahí que sea necesario analizar y trascender el discurso oficial que impida cambiar el orden de las cosas o visualizar alternativas o políticas públicas idóneas.
La izquierda se deberá caracterizar por señalar los argumentos que susciten diversas formas de discriminación y marginalización hacia grupos en desventaja económica, social, étnica o de otra índole. De nuevo, una izquierda progresista deberá estar comprometida con los sectores de la sociedad en desventaja y su discurso –tanto en el poder como fuera de él- deberá centrarse en una racionalidad intersubjetivamente compartida –por recordar a Habermas- en lo local y, desde luego, contemplando las referencias globales. Finalmente la crítica realizada a los modelos económicos neoliberales en el mundo se sustenta en la necesidad de una economía normada por el Estado y una mayor inversión en programas sociales. De lo contrario, sería imposible hablar de igualdad, justicia y bienestar general en sociedades en las que se reproduce la pobreza y una violación sistemática a los derechos humanos.
Si realizamos un repaso sobre la historia de las diversas corrientes socialistas en Occidente nos percataremos que fungieron como contrapeso a las políticas liberales implementadas en el siglo XIX; asimismo generaron reflexiones y aportaciones a finales de ese mismo siglo y principios del XX en temas como el Estado de bienestar, seguridad social, derechos políticos, derechos laborales entre otros. Sin embargo, si bien se lograron significativos avances para garantizar mejores niveles de vida en la población en numerosos países, nos encontramos actualmente ante un panorama desolador por la aplicación de políticas neoliberales basadas en una reducción del papel del Estado en la economía; privatización, desregularización y apertura de aranceles; reducción del gasto social entre otras medidas. Es bien cierto que estas políticas en Latinoamérica repercuten profundamente en las condiciones laborales y de seguridad social de las nuevas generaciones que se insertan a los mercados de trabajo y que se relacionan con las otras formas del fenómeno de globalización hegemónica o de-arriba-hacia-abajo. Por desgracia, existen otros fenómenos sociales que se están presentando como consecuencia de dichas políticas restrictivas como la migración, el narcotráfico y el mercado negro o ilegal, el alto índice de criminalidad y la inseguridad pública, el incremento de la extrema pobreza y el profundo rezago educativo y de salud por no hablar ya de otros efectos devastadores en la calidad de vida de un gran porcentaje de la población en nuestra región.
Según un estudio se calcula que para revertir la enorme polarización social de nuestro país tendrían que pasar tres generaciones, si esto es cierto la falta de perspectivas de mejoría en la población podrían generar inestabilidad política o ingobernabilidad como ya somos testigos en ciertas zonas del país. ¿O es que los sectores más vulnerables de la población seguirán fungiendo como carne de cañón de la clase política para el cumplimiento de sus expectativas y de paso sean beneficiados algunos cuantos? El reto para cambiar las condiciones actuales es enorme y quizá no solamente haga falta voluntad política sino una enorme creatividad y prudencia de la clase política. De tal suerte que la izquierda deberá incitar a un diálogo reflexivo con interlocutores estratégicos y abierto a la sociedad con miras a encontrar soluciones viables e idóneas.
La izquierda no debe arroparse bajo un populismo que actúe mediante una relación caciquil de mutuos apoyos y favores entre líderes y sus organizaciones, al estilo del régimen priísta. Es preciso tener un discurso que extienda los horizontes de entendimiento hacia todos los sectores de la sociedad con miras a consolidar y fortalecer las instituciones democráticas del país. ¿O es factible que a nombre de los pobres, la izquierda caiga en discursos de confrontación sistemático con determinados sectores de la sociedad para distraer la atención sobre verdaderos compromisos o reivindicaciones sociales? ¿Es preciso que una izquierda se encubra frente a los errores de los demás para no asumir sus responsabilidades ante sí misma y de cara a la sociedad? Una izquierda populista es una forma de traicionar a la democracia y de repetir los vicios de un régimen cuya herencia se sustenta en la corrupción, el tráfico de influencias, la manipulación y el control de los sectores más necesitados de la población como forma de incrementar o perdurar sus cuotas de poder.[9]
El ejercicio populista opera bajo una red clientelar de organizaciones cuyo motor requiere de la corrupción como medio indispensable para hacer funcionar una maquinaria caciquil e implantar una relación perversa entre la clase política y los grupos populares. En este marco, por desgracia las izquierdas conservadoras pueden verse tentadas y tener serias dificultades para aceptar la legalidad democrática[10]. Sin embargo, una izquierda moderna y racional busca generar un ambiente propicio de pluralidad con el compromiso de presionar hacia programas sociales de amplio impacto y políticas que beneficien las nuevas formas de vida de la sociedad. De hecho, en esto está el reto de la izquierda progresista –tanto dentro como fuera del poder- frente a tendencias y políticas conservadoras de los gobiernos. De lo contrario, una izquierda que se empeña a decirnos cómo debería de gobernarse a favor de los grupos populares sin verdaderas bases democráticas tiende a caer en el vicio político de sus contrincantes conservadores de derecha. Una izquierda moderna no critica a las instituciones democráticas sin antes realizar una autocrítica de su camino recorrido o su actuación en el uso del poder; de hacerlo se limita a una llana y simple retórica. ¿O es que se debe apelar a un movimiento de resistencia civil en aras de mantener una estructura de cacicazgo?
Por último, el tipo de partido de izquierda debiera formularse desde la estructura de un partido de cuadros para fortalecer el papel de los integrantes en los objetivos propios del partido; los individuos deben ser capaz de formularse iniciativas correspondientes a todo ciudadano en el cumplimiento de sus derechos y obligaciones dentro del gobierno, Estado, organización social, etc. Pienso que el límite de la acción individual dentro de una organización, institución o ámbito público está dado en los acuerdos que se logren establecer en el marco de determinadas reglas democráticas del juego.
Con la reflexión sobre un partido de cuadros deseo resaltar la importancia de la formación de los integrantes o militantes de un partido en los procesos de organización partidista, a modo de que se a) comprenda la prioridad de los asuntos; b) se reflexione sobre el mayor o menor beneficio de determinados acuerdos; c) se participe en los procesos de la toma de decisiones; d) se acuerden determinadas reglas del juego y se participe en la toma de decisiones; e) se obtenga la mayor información sobre los asuntos o temas a debatir, f) se reconozca la transparencia de la organización política entre otros aspectos. Finalmente un partido político con rasgos de una izquierda moderna debe tener en cuenta una verdadera formación de sus integrantes y un desempeño político transparente.

[1] Rodríguez Araujo, Octavio. Izquierdas e izquierdismo: de la primera internacional a Porto Alegre. México, Siglo XXI, 2002.
[2] Término que adopto de la definición que hace Kolakowski sobre utopía como “estado de conciencia social [...] por un cambio radical en el mundo” al tratar de definir a la izquierda por la naturaleza de su utopía. Lezzek Kolakowski, “The concept of the left” en Carl Oglesby (ed.) The new left reader, Nueva York, Gorve Press Inc., 1969.
[3] Los derechos humanos son definidos como “atributos o facultades que todas las personas tenemos en virtud de nuestra dignidad”. Manual sobre derechos económicos, sociales, culturales y ambientales. Guía didáctica de educación, CDHDF y DECA Equipo Pueblo, 2004.
[4] Santos, Boaventura de Sousa. Una concepción multicultural de los derechos humanos. Revista Memoria, No. 101, julio de 1997.
[5] Habermas, Jürgen. La necesidad de revisión de la izquierda. Madrid, Tecnos, 1991.
[6] Boaventura de Sousa Santos distingue entre globalización de-arriba-para-abajo o hegemónica que se relaciona con la imposición de determinados modelos culturales y económicos y la globalización de-abajo-para-arriba a manera de un cosmopolitismo y un patrimonio común de la humanidad. Santos, Boaventura de Sousa. Una concepción multicultural de los derechos humanos. Revista Memoria, No. 101, julio de 1997.
[7] Giddens, Anthony. La tercera vía. La renovación de la socialdemocracia. Taurus, México, 1ª edición, 2000.
[8] Ibídem, 2000.
[9] Bartra, Roger. “El lodazal mexicano” en Letras Libres, octubre 2006.
[10] Ibídem, 2006.